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13 jul 2013

La energía de los gatos

Agradezco a la amiga Doris el envío de este interesante artículo que hoy les presento; otra manera de apreciar a nuestros gatos.

<← En memoria de Amorah Quan Yin
LA ENERGIA DE LOS GATOS
Publicado en 4 julio, 2013 de Flor de Vibración

Los gatos poseen una conexión con el mundo mágico, invisible. Así como los perros son nuestros guardianes en el mundo físico, los gatos son nuestros protectores en el mundo energético. Durante el tiempo que pasa despierto, el gato va “limpiando” tu casa de las energías intrusas. Cuando duerme, él filtra y transforma esta energía. El gato puede muchas veces estar en lugares con baja circulación de energía Chi vital para poder activar ésta área. Muchas veces el gato se queda mirando para la nada, totalmente concentrado… él de seguro ve cosas que nosotros no vemos, desde insectos microscópicos hasta seres de otras dimensiones. Muchas veces su gato va para un lugar aislado de la casa y comienza a maullar, no es solo atención que él quiere, es una especie de alerta que él está dando: la cualidad de energía de ese lugar necesita mejorar. Nuestros problemas, nuestro estrés diario es absorbido por el gato. Cuando es demasiado y el lugar está muy cargado de energía negativa, no es raro que el gato se enferme. Claro que el gato no es el único responsable por el equilibrio energético de la casa, pero él se esfuerza bastante. Cuanta más armonía exista en su ambiente, menos energía negativa él necesitará filtrar y consecuentemente será más feliz y saludable.
Cuando dormimos nuestros cuerpos astrales se separan del cuerpo físico y van para una quinta dimensión, la dimensión sin tiempo ni espacio: la dimensión en que estamos cuando soñamos. Por falta de entrenamiento y preparación, la gran mayoría de las veces no vemos esta dimensión tal como ella es, en vez de eso la “disfrazamos” y codificamos como nuestro contenido psíquico e inconsciente. Los gatos muchas veces nos acompañan en estos viajes astrales o protegen nuestro cuerpo astral, además de cuidar nuestra pieza de espíritus indeseables cuando estamos durmiendo. Estas son las razones por las que a ellos les gusta dormir con nosotros en la cama.
Los gatos también monitorean nuestra evolución. Durante su convivencia con nosotros, ellos transmiten informaciones a las dimensiones superiores, sirviendo como radares y transmisores. Además de eso, como transformadores de energía ellos ayudan en la cura, desempeñando un papel semejante al de los cristales.
Los gatitos son profesores, ellos nos enseñan amar. Un amor libre, no sumiso, respetador del arbitrio ajeno y las diferencias. Por eso tantas personas tienen dificultad en convivir con gatos y los encuentran “interesados”. Primero, tú tienes que conquistar la confianza del gato. Después, tú tienes que aprender a respetarlo. Él te demostrará afecto cuando realmente este preparado y no cuando tú se lo mandes. Gatos reflejan amor. Desde el punto de vista energético, personas que tienen alergia a los gatos son personas que tienen dificultad en dejar entrar el amor a sus vidas.

De acuerdo con Caroline Connor, si hay muchas personas en la familia y un único gato, él puede quedar sobrecargado absorbiendo la negatividad de todos. Es bueno tener más de un gato para dividir la carga entre ellos, sobre todo en esos casos. Si tú no tienes un gato, y de repente aparece uno en tu vida, es porque tú necesitas de un gatito en una época específica. El gatito está queriendo ayudarte. Si tú no lo puedes acoger, es importante que le encuentres un hogar. El gatito llegó hasta ti por alguna razón que tú no puedes comprender a nivel físico, pero tú puedes descubrirlo a través de los sueños. Muchas veces el gatito aparece, cumple su función y se va. Quédate atento a la forma como los gatos reaccionan a las visitas en tu casa. Muchas veces ellos están intentando protegerte de un campo energético negativo o pesado.

Revista GATOMIA – La revista del gato brasileiro

30 mar 2011

La importancia del gato en la meditación

Paulo Coelho

Habiendo escrito un libro sobre la locura (Veronika decide morrir ) , me ví obligado a preguntar cuantas de las cosas que hacemos nos han sido impuestas por necesidad o por absurdo. ¿Por qué usamos corbata? ¿Por qué el reloj gira en “sentido horario” Si vivimos en un sistema decimal ¿por qué el día tiene 24 horas de 60 minutos cada una?
El hecho es que muchas de las reglas que obedecemos hoy en día no tienen ningún fundamento. A pesar de ello, si deseamos actuar de manera diferente, somos considerados “locos” o “inmaduros”.
Mientras tanto, la sociedad va creando algunos sistemas que en el transcurso del tiempo pierden su razón de ser , pero continúan imponiendo sus reglas. Una interesante historia japonesa ilustra lo que quiero decir:

Un gran maestro zen budista, responsable por el monasterio de Mayu Kagi, tenía un gato que era la pasión de su vida. Así, durante las clases de meditación, lo mantenía a su lado, para disfrutar lo más posible de su compañía.
Cierta mañana, el maestro – que era ya bastante viejo – apareció muerto. El discípulo de mayor grado ocupó su lugar.
-¿Qué haremos con el gato? – preguntaron los otros monjes.
Como homenaje al recuerdo de su antiguo instructor, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuase asistiendo a las clases de budismo zen.

Algunos discípulos de los monasterior vecinos, que viajaban mucho por la región, descubrieron que en uno de los más famosos templos del lugar, un gato participaba en las meditaciones. Y la historia comenzó a correr.
Pasaron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia que buscaron otro gato. Mientras tanto, los demás templos empezaron a introducir gatos en sus meditaciones: creían que el gato era el verdadero responsable de la fama y la calidad de enseñanza de Mayu Kagi, olvidando que el antiguo maestro era un excelente instructor.

Transcurrió una generación, y comenzaron a surgir tratados técnicos sobre la importancia del gato en la meditación zen. Un profesor universitario desarrolló la tesis – aceptada por la comunidad académica – de que este felino poseía la capacidad de aumentar el nivel de concentración humana y eliminar las energías negtivas.

Hasta que apareció un maestro que tenía alergia por los animales domésticos y resolvió retirar el gato de las prácticas diarias con sus alumnos.
Se produjo una gran reacción negativa, pero el maestro insistió. Y como era un excelente instructor, los alumnos continuaron con el mismo rendimiento escolar, a pesar de la ausencia del gato.
Poco a poco, los monasterios – siempre en busca de ideas nuevas y cansados de tener que alimentar a tantos gatos – fueron eliminando a los animales de las clases. En 20 años comenzaron a surgir nuevas tesis revolucionarias, con títulos convincentes como “La importancia de la meditación sin el gato” o “Equilibrando el universo zen solo por el poder de la mente, sin la ayuda de animales”.

Pasó otro siglo y el gato salió por completo del ritual de la meditación zen en aquella región. Pero se necesitaron doscientos años para que todo volviese a la normalidad, ya que nadie se preguntó, durante todo ese tiempo, por qué el gato estaba allí.


en mi libro “Ser como el rio que fluye”



Fuente: Paulo Coelho's Blog
Publicado el 21 de febrero de 2010

23 feb 2010

Frases de Un livre-cadeau de Helen Exley






Tengo el librito y hoy encontré muy bien traducidas en el blog fromisiblog algunas de las frases que ofrece:


"Nosotros buscamos la belleza, el aplomo, la gracilidad, la elegancia. El gato no. Él ya lo tiene todo."

"Los gatos siempre han sabido que su linaje es más distinguido que el de un faraón. Y han vivido en consecuencia."

"Por supuesto, un gato es capaz de llevar a cabo grandes hazañas, pero prefiere no acometerlas."

"Tener un gato es formar parte de una asociación internacional de esclavos devotos."

"Los gatos creen en la privacidad. En la suya, no en la tuya."

"A los gatos les encanta jugar a la pelota. Ellos se quedan inmóviles. Tú lanzas. Tú devuelves."

15 ene 2010

Los gatos de Estambul

La república de los gatos (El Periódico, 4/03/2008)
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Gatos en Estambul.

ANDRÉS Mourenza
Durante los días en que el temporal de nieve se cebó en Estambul, un espeso manto de blanco silencio cubrió la ciudad del Bósforo. A través de los cristales helados de la ventana solo se oía el rugir del viento y, muy de vez en cuando, los gritos de un osado vendedor de salep (bebida caliente a base de leche y harina de orquídea) que se atrevía a desafiar la tormenta para pregonar su mercancía. ¿Y los gatos? ¿Dónde estaban los gatos que con sus maullidos quejumbrosos, sus agrias disputas y sus gritos en celo llenan la noche estambulí? Los gatos habían desaparecido bajo el temporal. Turquía es pródiga en variedades de gatos e incluso tiene sus propias denominaciones de origen. De aquí provienen los Angora (Ankara), de largo pelaje blanco, y los extraños gatos de Van (en el este), que poseen un ojo de cada color y gustan de nadar en el lago del mismo nombre. Los gatos de Van no pueden ser, por ley, llevados fuera de Turquía, y solo cruzan la frontera en forma de lujoso regalo a reyes y jefes de Estado. Pero si hay un lugar donde los gatos son amos y dueños de las calles, ese es Estambul. Son, como la ciudad misma, gatos mestizos, cruzados, sin ningún pedigrí, a veces sucios y siempre revoltosos. Pero son tratados con especial mimo por los estambulís, que los alimentan con lo que tienen a mano. Así, los gatos de Tarlabasi son pobres y flacos como sus habitantes y, en cambio, los de Cihangir se extienden gordos y lustrosos sobre el capó de los coches. La señora Aral, cada día, deposita frente a su casa una buena porción de pienso para gatos o incluso platos enteros de anchoas frescas. Cuando el frío obliga a los estambulís a encerrarse en casa, la anciana coloca unas mantas junto a su puerta para que se cobijen. En las puertas traseras de los restaurantes, los animales esperan siempre su ración y algunos turcos afirman, como casi todo entre bromas y veras, que si en los alrededores de una fonda no se ven gatos es que se sirve carne de felino. El amor de los turcos por los animales callejeros siempre llamó la atención a los viajeros europeos y, cuando el general prusiano Helmut von Moltke llegó a Estambul en 1837, escribió sorprendido a un colega suyo: "Los turcos muestran caridad incluso hacia los animales. En el barrio de Üsküdar hay hasta un hospital para gatos". Las crónicas relatan que en 1910, cuando el Gobierno de turno decidió deshacerse de 40.000 perros enviándolos a una isla desierta del Mar de Mármara (nadie tenía estómago suficiente para sacrificarlos), los habitantes de Estambul montaron en cólera. "Los estambulís valoramos mucho a los animales que viven en las calles porque durante siglos hemos compartido esta ciudad cosmopolita", explica Elif Soyer, directora del programa Perros y gatos en las ondas. Poco a poco, al derretirse la nieve, los gatos comenzaron a dejarse ver. Salían de debajo de los coches cubiertos de nieve que se habían convertido en improvisados iglús o de los portales en los que filantrópicos humanos les habían permitido a refugiarse. Poco a poco, volvieron a imponer su orden en las calles de Estambul. Retomaron el poder en la república de los gatos.





Por VICENT MOLINS (SOITU.ES)
Actualizado 10-06-2008 11:55 CET
ESTAMBUL (TURQUIA).- Antes de llegar a Estambul -además de asegurar a tus familiares y amigos que no, que allí a las mujeres no las venden por camellos, que la gente se lava y algunos hasta se afeitan, que los hammams no son centros de lascivia-, es imprescindible interiorizar una idea: «Estambul es una ciudad maravillosa y horrible». Lo dice uno de los personajes de 'Cruzando el puente' (documental definitivo de Fatih Akin, emblema germanoide de la nueva Turquía) y debe tomarse como un axioma: Estambul es una ciudad maravillosa y horrible, maravillosa y horrible, maravillosa y horrible.

Y una de las facetas más horripilantemente maravillosas de la achacosa megalópolis es la abundancia de gatos. Durante mucho tiempo los habitantes originarios creyeron que la verdadera invasión de la ciudad eran los inmigrantes que cada mañana, a eso de las 6,15, desembarcaban desde Anatolia y el Kurdistán. Una invasión brusca, un aluvión que todavía hoy multiplica prodigiosamente los suburbios. En ellos la mayoría de inmigrantes viven ajenos al trasiego mercantil y en algunas horas 'trendy' de Estambul. Muchos jamás han comido palomitas blandas ante los seis minaretes de la Mezquita Azul ni han gastado unas perras en el laberíntico y pesado Gran Bazar. No conocen el Estambul de los escaparates. Pero cuidado, porque la manada de llegados también tiene otros representantes más favorecidos por la Historia: los que poco a poco progresaron en la procelosa jerarquía de la ciudad, e incluso dejaron olvidados los primeros pisos pequeños, periféricos, hediondos y cutres y comenzaron a poder comprarse una 'yalis' en la que pasar los veranos a orillas del Bósforo. Estos, de inmigrantes a flamantes burgueses, son los mismos que propiciaron la génesis del islamismo político, una corriente moderada y enfrentada al tradicional, ultranacionalista y algo roñoso kemalismo de papá Ataturk.
El actual partido de Gobierno, el AKP de Erdoğan y Gül, islamistas a la par que europeístas y con un indudable sustento urbano, debe gran parte de su éxito a esta ciudad de la que fue alcalde el mejor amigo de Zapatero en el extranjero, Recep Tayyip Erdoğan, uno de los pocos primeros ministros que todavía conserva su mostacho. (¿Mostacho? Un inciso: en 1998 el presidente español -İspanya Başbakanı- José María Aznar visitó Santa Sofía junto a una entonces joven Ana Botella. Como recuerdo de tan bonito acontecimiento, en la entrada del hoy museo-ayer mezquita-el mes pasado catedral, se colocó una fotografía de la pareja en un panel de visitas ilustres. Desafortunadamente el rostro aznariano no puede en la actualidad contemplarse: sus ojos y su bigote fueron arrancados, rasgados, por algún turista carente de sentido de Estado...).
Pero volvamos a los gatos. Los habitantes originarios estaban muy equivocados. No son los inmigrantes -alienados o demoislamistas- el gran torrente con desembocadura en Estambul. La verdadera riada se compone de gatos. A pesar de su naturaleza disgregada, pasean en manada. Se proyectan seguros. No titubean ante la presencia de extraños. Husmean y hacen suyos los lugares más insospechados. Por la noche duermen como vagabundos en los patios cercanos a las universidades y por la tarde lucen lorzas en las explanadas del casi deshabitado Museo Arqueológico (un museo, junto a Topkapi, dentro del Parque Gülhane, cuya arquitectura exterior recuerda a Gales y la interior es un calco admirable de la reconocida decoración búlgara). Los gatos han conquistado Estambul ante la mirada displicente del istambullu corriente.
Un respeto como a Mahoma
Una versión, apócrifa pero muy lograda, que explicaría la ciclópea dimensión del fenómeno, nos habla del respeto al gato como respeto a Mahoma: estos animalillos anarcoides serían los preferidos del Profeta, a los que habría dejado jugar entre sus faldones. Parece un poco más asumible la razón pragmática: los gatos quieren a Estambul por su pescado, por los basureros de Eminönü y Karaköy, por el mercado de Kumkapi, por los puertecillos en Sariyer. Y la paciente ciudadanía no los extermina por interés, efectivamente. Porque además de su almibarada utilidad, los gatos son voraces y degluten basura formidablemente.
Lejos de sentirse incómodos en esta convivencia interesada, el pueblo los ha adoptado como marca y los ha echado a su saco de iconos. En las tiendas céntricas hacen furor los imanes para nevera con la figura estilizada de los felinos. Asimismo, los gatos son un señuelo sin par entre los comerciantes: las librerías, las tiendas de ultramarinos, los locales pintorescos o los establecimientos casi asépticos como las farmacias, tienen un gato en su interior. Están articulados casi genéticamente, y se acercan a los clientes, se refriegan entre sus piernas y consiguen alargar la visita, incrementándose proporcionalmente la oportunidad de adquirir nuevos productos. Es una depurada técnica comercial imitada incluso por el imán en su mezquita (porque también en ellas se cuelan los gatos). A pesar de la finalidad ladina, éste es uno de los rostros más maravillosos de Estambul: tiene su gracia que la asistencia anodina a una farmacia se torne en un corrillo donde constipados, hipocondríacos, diabéticos y heridos lisonjean a un gato pelirrojo, gordo y peludo. El gato de la casa, el gato de la farmacia.
Y si la ocupación gatuna tiene un rostro maravilloso, también debe tener su reverso horrendo. Éste concierne a la prodigiosa facilidad de los gatos para arruinar un plácido almuerzo. Büyükada (la más visitada de las domingueras y soleadas Islas Príncipe, a pocos kilómetros de Estambul) no sólo debe su fama por haber asilado a León Trotsky, sino también por cómo los gatos se enredan entre los pies humanos ante la complicidad militante de los restaurantes -igual da que sirvan dorada o hamburguesa con ketchup-, cuyas terrazas son ya un terreno secuestrado por el pelotón felino. Degustan aquello que les lanzan los turistas incautos… y luego se tumban entre la sombra y el sol. Han vencido.